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Mentiras, verdades, productoras y derechos de autor

noviembre 20, 2009

Este intersante debate de FICOD ha hecho que vuelva a reflexionar sobre el traído y llevado tema de los modelos de negocio de las discográficas y productoras audiovisuales en general, y los derechos de autor. Porque creo que sigue habiendo mucha hipocresía, mucha demagogia de la barata, y mucho aprovechado que quiere hacer negocio entre todo ese río revuelto que genera todo ello. La charla de FICOD (feria internacional de contenidos digitales, que se ha venido celebrando esta semana en Madrid) es una de las más equilibradas que he visto en mucho tiempo, entre otros motivos porque se aleja del contexto de debate televisivo en el que todos van a buscar el aplauso fácil del público, y se centra en un análisis realista de la situación. Está muy claro a estas alturas que el modelo español es cada vez más insostenible. Pero los “culpables” del estado en el que se encuentra la industria a estas alturas, somos todos. Me ha agradado, que el ponente de la SGAE hable abiertamente de calidad en su intervención. Luego habría que ver si lo hace por la boca grande o por la pequeña, pero cuanto menos, me parece un paso en la dirección correcta. El valor nulo que tiene para el español medio una obra audiovisual es consecuencia de varias décadas en las que las productoras han maltratado a los clientes a base de productos de una calidad mísera, que las masas consumían por falta de alternativas. Pero el ofrecer un producto tan malo, ha tenido y tiene sus consecuencias. Entre ellas, que cuando los consumidores pueden acceder a ese mismo producto gratis, lo hacen, puesto que incluso de manera inconsciente saben que su valor, en función de la calidad, es muy pequeño. Discográficas, productores, y autores, mienten cuando dicen que no se conoce la receta para un producto de éxito. Es una mentira que les ha convenido mantener, para justificar su producción de menor calidad. Pero lo cierto es que se tiene una idea bastante aproximada de lo que es o puede ser un éxito. ¿Alguien dudaba de que la segunda trilogía de Star Wars arrasaría en la taquilla? ¿Alguien duda de que la próxima película de James Cameron será rentable? Por otro lado, los demagogos 2.0 no se cansan de repetir el mantra de muerte a la industria a menos que me lo de todo gratis. Aunque sus argumentos no superarían el juicio ni de un niño de cinco años, es indudable que su mensaje cala en la sociedad, porque es el que todos queremos oir: tenemos derecho a la descarga gratuita de todo el material que queramos, a compartir lo que queramos, y a robar lo que queramos, y todo ello debe ser legal. Pero, a la luz de la conferencia del FICOD, y de un razonamiento consistente, esta actitud pone en peligro a la industria nacional. Y por supuesto, no es cierto que la industria no esté anquilosada en su antiguo modelo. Nuevos intentos de modelos viables surgen todos los días (desde iTunes hasta Spotify) pero estos no pueden prosperar en un país cuya regulación es de república bananera. En un gráfico ejemplo de un ponente, de la misma manera que una cadena de restaurantes sería retirada del mercado si sus productos no cumplieran las normas sanitarias, o si no pagara los correspondientes impuestos, los portales alegales de descargas de contenidos son un factor que distorsiona el mercado audiovisual legítimo en España. Sin embargo, desde opiniones contrarias, se llama la atención hacia ciertas contradicciones del modelo español. Por ejemplo, que las descargas de las redes P2P o de los sitios de enlaces se encuentren en un limbo legal que ni penaliza ni regula, o que por un lado se apoye el concepto de copia privada, y por otro se protejan con toda clase de sistemas los contenidos para evitar la copia.

También es sin duda una paradoja, que las productoras deberían tener muy en cuenta, el que en muchas ocasiones, el producto ilegal tenga más ventajas para los usuarios que el legal: mayor disponibilidad, mayor fondo de catálogo, mayor accesibilidad…

Yo me atrevo a apostar que el modelo que acabe funcionando, tendrá que encontrar un punto medio entre lo que los usuarios egoistamente exigen, y lo que los productores cabalmente pueden ofrecer. Gran disponibilidad en los contenidos, con una calidad superior a la copia ilegal, precios asequible, facilidad en el acceso y ventajas adicionales que solo los productores en origen pueden ofrecer. Y por supuesto, todo ello dentro del marco de una regulación que favorezca los proyectos serios, sostenibles, y siempre dentro de la legalidad.

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4 comentarios leave one →
  1. noviembre 20, 2009 11:32 pm

    “Discográficas, productores, y autores, mienten cuando dicen que no se conoce la receta para un producto de éxito. Es una mentira que les ha convenido mantener, para justificar su producción de menor calidad. Pero lo cierto es que se tiene una idea bastante aproximada de lo que es o puede ser un éxito. ¿Alguien dudaba de que la segunda trilogía de Star Wars arrasaría en la taquilla? ¿Alguien duda de que la próxima película de James Cameron será rentable?”

    Con el debido respeto, esta frase demuestra un profundo desconocimiento del negocio audiovisual y discográfico. Por tomar a James Cameron, la rentabilidad no se sabe nunca a priori porque está en función de la inversión. Es decir, en el caso de personas que YA han demostrado el éxito anteriormente (es decir, que se descubre lo que es el éxito, no se sabe de antemano) la cuestión es cuánto público pueden atraer al coste al que han producido. Cameron es un caso en el que altísimos presupuestos generarán, gracias al marketing (que, en cine, supone costes a veces superiores a la propia película), un numero importante de espectadores pero, y aquí viene lo importante, un mal buzz, una película fallida, frenará la entrada de espectadores para la que está dimensionada. Y puede ser un gran fracaso económico. En audiovisual, la tasa de fracaso oscila entre siete y ocho casos de cada diez. Y sigue siendo así. En música, se habla de que los muy buenos consiguen acertar como mucho cinco de cada diez.

    Por otro lado, la calidad es muy relativa. Es calidad lo que para ti es calidad. Llamar tontos a los que han comprado masivamente un disco porque no nos gusta es poco sostenible intelectualmente, teniendo en cuenta además que son generalmente los menos apreciados por la crítica cultivada los que más se han vendido siempre. Lo único objetivo que podemos tener en términos de negocio se llama audiencia y tamaño de audiencia. Si es bastante para cubrir tus costes, excelente, si no, fracasas.

    Yendo a las descargas, resulta demagógico comparar la calidad sanitaria con una descarga: nadie resulta perjudicado en su salud, ni siquiera nadie ha sido desposeído de nada físico: no se ha robado nada. El problema de las descargas es intelectualmente otro: si alguien tiene derecho a espiar nuestras comunicaciones como para saber qué archivo transmito o recibo, de la misma forma que nadie acepta que se le abra su correo. O por qué sí puedo dejarle un libro a mi vecino sin pagar derechos y no puedo compartirlo (cuando es digital la vida, la tecnología, todo, lo que se comparte es un fichero) con quien quiera. Los conceptos de comunicación pública (diseñados a la medida de la industria, si yo toco música en mi boda, un acto privado, me cobran, a diferencia de si lo hago en mi casa) se están viendo superados por la realidad y alguien pretende que le salven los muebles de lo que nadie quiere comprar. Todo esto sin insistir en que la tecnología va por delante y no ha habido ni una sola forma de parar el uso no aceptado de software o archivos cada vez que se ha querido impedir.

    La gratuidad es un error de todos: público desinformado, defensores del modelo actual de propiedad intelectual. No es una cuestión de gratuidad: la copia es irreversiblemente algo gratuito puesto que su coste es virtualmente cero. No son gratuitas las cosas que pasan alrededor como ha quedado demostrado por un reciente informe británico: los músicos de verdad ganan más desde que se ganan la vida tocando y quienes ganan menos son las discrográficas. Cada vez más para todos, la canción grabada es un anuncio para vender otros servicios. Pero los gestores de un sistema que se muere defienden sus sueldos y privilegios sin aportar valor: el talento (es decir, el éxito) emerge sólo desde las redes sociales (y sin que nadie, hasta el momento, sea capaz de predecirlo) y los intermediariso que necesita o puede necesitar no son, precisamente, las discográficas: hasta el nombre es ya absurdo, no quedan discos.

    Como posdata, decir que Spotify – a pesar de ser España una república bananera según se nos dice – tiene en este país un millon de usuarios registrados, uno de los casos de éxito más importantes. Sumado a iTunes, debe decirse que ninguno de los dos modelos han sido creados por los representantes de la industria convencional, sino que se han subido al carro. Curiosamente, el creador de iTunes, el señor Jobs, tuvo que decir y le dijo a la industria que los DRM, ese patético intento por controlar el uso del contenido, no servían para nada. Es decir,la innovación viene de la periferia, no de la industria. Ah, y Spotify es gratis: menos mal que “lo gratis” es algo inviable. Lo inviable será los precios que unilaterlamente ponen las entidades gestoras de derechos a quien quiere utilizar su catálogo, como saben bien las televisiones. La gratuidad es el modelo de negocio de la television en abierto desde que se inventó. Lo gratis no es absurdo, es corriente.

    Sólo algo más: recomiendo la lectura de “Against Intellectual Monopolies” (http://levine.sscnet.ucla.edu/general/intellectual/against.htm) aunque sea solo para encontrar razonamientos que cuestionan con altura intelectual el mero hecho de que las patentes y la propiedad intelectual existan. Y antes de hacer caso a la industria de pobrecitos abogados y discográficas, echar un vistazo a la evolución del numero de años de ampliación de los derechos exclusivos que han realizado los lobbies por su acción en los parlamentos. Se inventó la propiedad intelectual como un monopolio temporal (y era corto) para que lo esencial, el enriquecimiento que la sociedad obtenía por la difusión libre de conocimientos e ideas se produjera. Es decir, en su propia esencia no es un monopolio eterno, tal y como están haciendo creer los pobrecitos abogados y los pobrecitos gestores de entidades de derechos. La ley Mickey Mouse recibió ese nombre por algo: se acababan los derechos de Disney sobre el ratón… y pasaban a dominio público. Siguen siendo privados.

    Siento alargarme, pero una última recomendación: visionar A Remix Manifesto (http://films.nfb.ca/rip-a-remix-manifesto/) sobre las posibles mentiras de la industria.

  2. noviembre 21, 2009 12:05 am

    En primer lugar perdón si el comentario ha tardado algo en salir, estuvo en la bandeja de spam seguramente por su longitud o por los enlaces que contiene. Pero dicho esto, decir que no te disculpes por la extensión, al contrario, aquí los comentarios extensos son bienvenidos y agradecidos, que para algo el medio lo permite y os tomáis la molestia de escribirlos.
    Y yendo al tema…pues bueno, el problema de la situación actual es que no está clara, y por eso es controvertida. Y no está clara, porque es imposible medir cuantitativa y cualitativamente quienes son los perjudicados y los beneficiados, entre otras muchas cosas. ¿Se beneficia la sociedad entera, por el indudable enriquecimiento cultural que puede suponer la libre circulación de las obras y los contenidos? Puede ser. Pero también puede ser que si el modelo actual continúa, se pierdan muchas obras porque no son económicamente rentables, debido a la bajada de los ingresos, del lado de los productores. Todo depende de la perspectiva que se adopte. Porque el problema es que los datos bailan, dependiendo del bando que los ofrece. Un día te llega la noticia de que los artistas pierden, al siguiente que ganan más que antes, y dos días más tarde, todo lo contrario. Un día las descargas parecen legales, y al siguiente un juez encausa a una web de distribución de links. Un día parece que se cierra The Pirate Bay, pero al siguiente sale una oferta de un comprador interesado en el invento. Y así hasta el infinito. Para mi el debate se centra en los autores. Debe respetarse su voluntad. Si un autor quiere donar gratuitamente su obra a la sociedad, que lo haga, y si quiere cobrar por ella, que le ponga un precio. Pero que no resulte que porque existe la posibilidad técnica de pasarse la voluntad del autor por el forro, concluyamos que es algo “inevitable” y con lo que el autor tiene que lidiar, le guste o no le guste. Como decía Ruiz de Querol, un “marco mental” así solo se concibe dentro de una ideología que pone por delante a los procesos tecnológicos en detrimento de las personas y de su voluntad.
    Y en cuanto a la calidad del arte, y al relativismo en el que hemos caído…Ahí verdaderamente, habría mucho de lo que hablar. Lo que la gente consume en masa, no tiene por qué tener una calidad proporcional al número de consumidores que adquieren ese producto. ¿Alguien considera de verdad que los productos de MacDonalds son de gran calidad por el simple hecho de que los consume mucha gente? Eso es algo que me enseñaron en la facultad: a los empresarios y productores se les llena la boca con el concepto, y parece que para triunfar en el mercado hay que producir a una calidad mayor que la de la competencia, cuando no tiene por qué ser así. Hay diferentes necesidades de consumo, que son cubiertas con diferentes calidades en los productos. De la misma manera que la gente acude en masa a un MacDonald para comer barato y rápido, la gente consume un tipo de música, sin que la calidad de ésta sea un parámetro relevante en la decisión. Esto lo sabían muy bien las discográficas, y lo explotaron de la mejor manera que supieron: acostumbrando a la gente a consumir basura, porque eran perfectamente conscientes de que si solo consumían lo bueno, los números no salían para ellas. Necesitaban un consumo compulsivo, y amigo, el talento por definición no abunda, es algo escaso. No todo el mundo puede comprarse un Ferrari, ni todos los fabricantes de coches pueden permitírselo, pero no concluyamos por ello que un Seat es mejor coche que un Porsche. La zorra y las uvas, amigo mio, no hay más. Sobre el concepto del relativismo en el arte, te recomiendo este artículo y en general todo el blog en el que se incluye. No digo que ciertas obras malas puedan dar el pelotazo, o que otras buenas pasen inadvertidas, porque eso al fin y al cabo puede ser cuestión de mercado y de marketing, pero las obras buenas huelen a kilómetros, y un productor con buen olfato sabe dónde está la materia prima, si tiene un mínimo de experiencia. El talento es algo que suele destacar por definición. Y digo más, yo creo que incluso, personalmente soy capaz de distinguir lo que me gusta de lo que tiene talento. Por ejemplo, no me gusta la poesía de Lorca, pero sin embargo he de reconocer que tiene talento. Nunca me ha atraído el baile, pero sin embargo creo que sé distinguir un buen espectáculo de danza de uno mediocre. Por supuesto que siempre hay un grado de subjetividad, pero no podemos caer en el relativismo absoluto, que solo lleva a falacias y a situaciones absurdas.

    Por otro lado, la calidad es muy relativa. Es calidad lo que para ti es calidad. Llamar tontos a los que han comprado masivamente un disco porque no nos gusta es poco sostenible intelectualmente, teniendo en cuenta además que son generalmente los menos apreciados por la crítica cultivada los que más se han vendido siempre. Lo único objetivo que podemos tener en términos de negocio se llama audiencia y tamaño de audiencia. Si es bastante para cubrir tus costes, excelente, si no, fracasas.

    Cuidado, porque esto es un punto más clave de lo que parece, a mi entender. Lo que dices, es fruto, en mi opinión de una perspectiva a corto plazo, que creo que ha sido un gran problema en la industria nacional. Ya lo he mencionado alguna vez en este blog, pero lo repito. No se me quita de la cabeza una declaración de un directivo de una gran discográfica que escuché una vez. No diré de cual, pero lo mismo da. Vino a decir que el concepto de calidad, a él le importaba un pimiento. Que lo que importaba era vender, y que si lo que vendía era mierda, por él perfecto, que produciría mierda. La idea esconde mucho cinismo si se analiza detenidamente, porque por un lado niega la calidad (o más bien la desprecia) pero sin tener en cuenta que “mierda” es un concepto que lleva implícito el aceptar que la calidad existe, y se puede reconocer. Insisto, creo que el problema en España, ha sido y es la cultura del pelotazo. Se quería ganar mucho muy rápido, pero como con la inmobiliaria, cuando la burbuja estalla, la bajada es brutal. Y es que si se acostumbra a la gente a consumir productos de calidad mínima, no se puede esperar que sean fieles a una marca, a un artista. Si los productos son de usar y tirar, eso tiene un coste a largo plazo. Cuando la gente no valora lo que consume, o lo tiene en baja estima, si hay una manera de conseguirlo gratis, no dudará en hacerlo. Se ha embrutecido a la gente tanto, que ya no son capaces de distinguir la calidad de un divx de un blu-ray. Pero repito, eso se lo ha ganado la industria a pulso, despreciando el concepto de calidad. En otros países, no ha pasado, y ahora están en una mejor situación, comparativamente hablando. Y lo de la audiencia, es un arma de doble filo. Porque mide lo que la gente consume, de entre lo que se le ofrece. Pero NO dice nada sobre lo que pasaría si se le diera al público alternativas de más calidad. ¿No sería de esperar que consumieran más? ¿Quién mide ese coste de oportunidad oculto? Eso es y ha sido un error: confiar en las audiencias es miope, y lleva nuevamente a una visión cortoplacista.

    No voy a decir que sé todo de la industria audiovisual, porque en esto, nunca se acaba de aprender, pero he trabajado (un corto periodo de tiempo, eso sí) para una internacional del cine, que empieza por W. Te puedo asegurar que sé los presupuestos que se manejan en los departamentos de marketing, y para una producción americana, puedo decirte que son mucho más grandes que todo el presupuesto de una película nacional, y por mucho. Pero no debemos confundir coste con inversión, ni con recaudación. De eso sí creo que sé algo (o al menos eso dice mi título). A lo que me refería es a que muchas veces se tiene la sospecha fundada de lo que funcionará o no funcionará en taquilla. No se va totalmente a ciegas con los lanzamientos, y creo que es algo de perogrullo, y relacionado con el concepto de la calidad al que me refería. Si no, lo mismo daría gastar 100 euros en una producción que 100 millones. Si la calidad es relativa…¿que más da, no?

    Bueno, al final yo también me he extendido más de lo previsto.

    Un saludo.

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