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Ser “ni-ni”, la alternativa racional en España

agosto 27, 2009

ni-ni

Parece ser una moda de los medios de comunicación desde hace unos años, buscar apelativos que denominen a las nuevas generaciones de jóvenes (la X, la Y, los JASP…). En este periodo de crisis, comienza a surgir una nueva clasificación: la generación “ni-ni”, es decir, los jóvenes que ni estudia ni trabajan, y permanecen en casa de sus padres mientras que les es posible.
En un interesante artículo de El País, el autor sostiene que:

La crisis ha venido a acentuar la incertidumbre en el seno de una generación que creció en un ámbito familiar de mejora continuada del nivel de vida y que ha sido confrontada al deterioro de las condiciones laborales: precariedad, infraempleo,mileurismo, no valoración de la formación. Las ventajas de ser joven en una sociedad más rica y tecnológica, más democrática y tolerante, contrastan con las dificultades crecientes para emanciparse y desarrollar un proyecto vital de futuro. Y es que nunca como hasta ahora, en siglos, se había hecho tan patente el riesgo de que la calidad de vida de los hijos de clase media sea inferior a la de los padres.

La aparición de esta generación, dará sin duda para muchos análisis sociológicos, pero a mi me gustaría ver el fenómeno desde una perspectiva más económica. Es curioso como la mayoría de los adultos de generaciones anteriores, contemplan sorprendidos la actitud de esta nueva hornada de jóvenes, sin embargo yo pienso que la reacción de este nuevo grupo es totalmente racional y esperada. Si analizamos por separado los dos hechos que definen a estos jóvenes, vemos que sus decisiones son absolutamente racionales desde un punto de vista económico y social. No estudian, a mi entender, por dos motivos principales: o porque ya han estudiado lo que consideran suficiente (no olvidemos que muchos de ellos son universitarios licenciados, y con una formación más que aceptable) o porque pueden comprobar que el mercado laboral no valora los estudios, y que estos no son determinantes para llegar a un puesto de trabajo acorde con sus expectativas (el mismo artículo referido aporta el dato de que solo el 40% de los universitarios desarrolla un trabajo al nivel de sus estudios). Por otro lado, y de manera análoga, no trabajan bien porque simplemente no pueden (no hace falta recordar las cifras de paro, alarmantes y en crecimiento todavía) o porque los trabajos a los que pueden acceder no les permitirían sobrevivir con unas condiciones mínimas fuera del hogar familiar. En estas cicunstancias, me parece una decisión absolutamente racional desde el punto de vista económico que los hijos no se emancipen hasta que lo consideren absolutamente necesario, puesto que es comprensible que no quieran padecer trabajando (habitualmente en puestos que no le reportan ninguna satisfacción ni personal ni laboral) un nivel de vida inferior del que disfrutan sin trabajar.

Considero por tanto, que la alternativa “ni-ni”, es la lógica elección de una generación que ve como la anterior, en muchos casos, le cierra las puertas de su futuro por puro egoismo.

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6 comentarios leave one →
  1. agosto 27, 2009 9:05 am

    Sí… Y no. Por partes (joder que miedo doy cuando digo eso… XD). Sobre el tema educativo, es cierto que los que llegan a licenciados han llegado al tope, generalmente (si no contamos los masters gratis que paga ahora el gobierno), pero tenemos que pensar también en todos los que no llegan a licenciarse, y que de hecho muchos ni llegan a la universidad. Esos se han quedado a medio camino debido a un sistema educativo que premia la inconsistencia, la indolencia, la vagueza y algunas otras cosas que me callo. La mayoría de los jóvenes dejan de estudiar en parte por lo que dices de que no ven futuro en seguir estudiando, y segundo, porque en muchos casos ni siquiera tienen el nivel mínimo requerido para seguir estudiando. Mientras que a los de nuestra generación se les preparaba durante BUP y COU para ir a la universidad, ahora ya no se hace, y la universidad termina siendo un maremagnum en el que si sobrevives como mínimo te has comido una de leches que te han dejado la cara como un pan, por decirlo de alguna forma. El número de licenciados va decreciendo poco a poco, aunque sigan entrando muchos en primer año. Mientras, como dices, los que terminan, en su mayoría acaban poniendo mesas en un bar. No tiene absolutamente ningún sentido.

    Pero por otro lado está el tema del trabajo como tal. Uno de los problemas es que en una sociedad como en la que vivimos, por etapas, se ha generado un sentimiento de indolencia con respecto sobre todo a una serie de empleos que me lleva preocupando desde hace años. Hace 10 años o más, cuando todavía no había tanta inmigración y había disponibles muchos empleos, los de nuestra generación no aceptaron que tuvieran que trabajar en empleos “inferiores” por preparación y por un orgullo malsano que llevó a que esos empleos fueran copados por los inmigrantes, más dispuestos a trabajar por menos dinero. Ahora, lo normal es que esos empleos sean ocupados esencialmente por inmigrantes, y no hay espacio para que los ocupen los nacionales. No todos podemos estar en una bonita oficina haciendo papeles y sellando facturas. También hay que hacer otras cosas que por insidia no se han querido hacer, y ahora casi no hay oportunidad de hacerlas. Mira una obra, por ejemplo: prácticamente sólo ves a extranjeros, y los nacionales que ves superan con mucho los 40 o 50 años. Si no estamos dispuestos a mojarnos el culo difícil va a ser que encontremos empleo. Pero claro, como vamos a rebajarnos a ser obreros, que cosas decimos. Pero es que ya ni para poner copas, chico (excepto los findes y si el sitio es guay, claro). Lo que hemos creado fundamentalmente es un grupo de jóvenes vagos e indolentes (repito mucho la palabra pero me parece que es la que mejor describe la situación actual). Mira, yo no terminé mis estudios pero me apasionaba la informática y me volqué con ella. Ahora tengo mi propio negocio y salgo adelante a veces mejor y a veces peor, pero lo intento. Tengo muy claro que la mayoría de los jóvenes no sale adelante porque no les da la puñetera gana. Punto pelota. Mira, un conocido mío no ha dado un palo al agua en la vida. Vive de trabajar en el negocio de sus padres, pero es duro de narices y no le hace maldita la gracia. No tiene conocimientos y lo único, eso sí, que es bastante manitas, y eso le salva un poco, pero… ¿Si el negocio se va a pique, como puede ser que ocurra? ¿Qué hará entonces? Como él hay miles y miles de personas en este país. Nos quejamos del mileurismo, pero yo he sido mileurista mucho tiempo y no me podía quejar: me compraba cosas, me iba de vacaciones, vivía sólo, etc… Claro, no me compraba coches, casas, compro marcas blancas, vigilo mucho mi dinero y no hago excesos. Pero cuando he estado a sueldo de otros he vivido bastante bien. Lo que hay que tener es voluntad y ganas de superarte, pero eso no existe en nuestra sociedad. A lo mejor deberíamos empezar por ahí antes que lamentarnos y preguntarnos porque no funcionan las cosas. Que nuestros mayores tienen culpa de muchas cosas no hay duda alguna. Pero está en nuestra mano solucionar esos problemas. Y para eso hace falta voluntad y ganas de superación, cosa que como digo no existe en esta sociedad (y los que lo intentamos no encontramos más que trabas, todo sea dicho de paso). Hala, ya me he quedado a gusto… 😄

  2. agosto 27, 2009 7:13 pm

    Entiendo tu perspectiva, pero creo que es tan válida como la mía. Muchas veces hay una frontera muy estrecha entre una opinión y su contraria, y creo que este es uno de esos casos. Es cierto que los jóvenes pecan de cierta indolencia, pero habrá que preguntarse de dónde sale. Y yo estoy en que sale del mundo que la generación anterior ha creado. La generación anterior ha tenido una visión a corto plazo de todo, y como consecuencia de eso, el futuro para los jóvenes actuales está totalmente en el aire. Cuando la sociedad no tiene esperanza y piensa que todo va a peor de lo que ya está (sea esta una visión realista o no) no hay manera de motivar a nadie. Y eso es lo que le pasa a los jóvenes, que hacen sus cálculos y no ven salida por ningún sitio, con lo que no hay razón alguna para esforzarse. ¿Estudiar? ¿Para qué, si conozco a ingenieros que trabajan de barrenderos? ¿Trabajar? ¿Para qué, si ni siquiera llega para pagar la hipoteca, y si pierdes el empleo te embargan la casa? Psicológicamente, es normal que no quieran hacer un esfuerzo para llegar a una situación peor que la que tienen ahora. Aunque también es cierto que pensando de esta manera están cometiendo el mismo error que la generación anterior: piensan a corto plazo, y eso va a comprometer su propio futuro. El problema es que están convencidos de que ellos no pueden hacer nada para mejorar su propia situación, y hasta que no se les quite eso de la cabeza será imposible pedirles que luchen por lo que quieren (si es que en realidad quieren algo).

  3. agosto 28, 2009 8:49 am

    No te niego la plana en absoluto: siempre he considerado que la generación de nuestros padres fue deudora de los suyos pero hasta cierto punto comenzó una derivación hacia el post-modernismo bastante importante. No sé que edad tendrás, pero yo tengo 35 y siempre he considerado la nuestra como una generación “tapón”, porque aunque hayamos sido la mejor generación intelectualmente hablando, hemos sido como un marasmo, dejándonos llevar por la corriente sin hacer el esfuerzo de nadar en una u otra dirección. La generación de los 60-70 (los que por entonces eran jóvenes) ha creado una sociedad basada en la suficiencia relativista, es decir, “lo que mola es lo mío y lo demás que le den”, lo que creo una generación de 80-90 (la nuestra) basada en dejarte llevar, en no saber muy bien que dirección tomar ni a donde ir. Ciertamente, de esos trigos sacas estas pajas. Por eso hay que impulsar que los jóvenes tengan iniciativa propia, que es a lo que me refería antes. Es cierto que la sociedad actual imposibilita el avance. Se supone que estamos en un mundo de oportunidades, pero donde sólo tienen las oportunidades un grupo muy reducido de personas, que o bien tienen una fuerza y empuje descomunales o bien tienen la masa económica suficiente para lanzarse a hacer lo que quieran. El resto se ven imposibilitados para avanzar en cualquier dirección. Esto, lo sabes, contrasta con lo que pasa en muchos países europeos y en los USA, donde se incentiva a la gente con talento para hacer cosas. Pero este país ha sido así siempre y no tiene visos de cambiar. Y lo que más me preocupa es que con el sistema educativo que tenemos actualmente no es que no vaya a cambiar, sino que va a ser mucho peor. Aun cambiando la dinámica de las cosas ahora mismo, tendríamos que esperar alrededor de 10 años para ver efectos en la sociedad. Esto nos está suponiendo un atraso fundamental. Cada vez bajamos más tanto en los aspectos culturales como económicos y sociales, y parece que sólo subimos en los deportivos, que tiene narices. Europa nos ha convertido en un país de servicios y nos estamos degradando en demasía, y nadie hace nada para solucionarlo. Así que sí, coincido en que los jóvenes están mal, pero también me reafirmo en la idea de que es la propia sociedad la que tiene la clave para salir del atolladero y salir adelante como sea. O a lo mejor es que me he vuelto un optimista de repente, vamos.

  4. Alejandro permalink
    agosto 28, 2009 3:03 pm

    El problema es el desencanto. Si a la gente se le da un margen muy estrecho por el que hacer transitar sus vidas, y encima se les da a entender que hagan lo que hagan, todo va a menos, y que no depende de ellos…pues lo normal es que cunda el desanimo. Si encima los medios transmiten la imagen de que todo es un cachondeo, y que los que de verdad triunfan y lo pasan bien son los tontos y los sinverguenzas…el coctel esta servido. Y eso es lo que ha pasado en Espana

  5. agosto 29, 2009 7:12 am

    Me gustaría traer aquí esta extraordinaria columna de Alfredo de Hoces, que como siempre ha sabido expresar mejor que yo lo que quería dar a entender con esta entrada:

    “-Pues yo a tu edad ya llevaba tres años partiéndome la espalda –su padre le repetía el mismo discurso por enésima vez-, y entre saco de cemento y saco de cemento a mí no me quedaba tiempo para depresiones, ni crisis, ni tonterías de esas que os pasan a los jóvenes hoy en día. Que os habéis vuelto muy blandos, tanta consola y tanta tele y tanta tontería, y no aguantáis nada. Teleco es muy duro, teleco es muy duro… ¡Hacer mezcla, poner ladrillos, levantar muros, eso sí que es duro! ¡Y veinte años me he pasado yo dando el callo de sol a sol para poder darte a ti las oportunidades que yo nunca tuve! ¡Vamos, me habría sacado yo teleco con la punta del pijo! ¿Qué es eso de que estás desmotivado? ¿Acaso le digo yo al capataz que no puedo sacar más mezcla porque me he desmotivado? Uy, pobre, que está desmotivado, llevémosle al psicólogo y a ver si en tres o cuatro meses podemos terminar la obra. Pero sin prisa, que vaya que le dé una crisis… Vamos hombre. Menuda chorrada. Los apuntes son como los ladrillos. Doscientos ladrillos, un tabique. Doscientos folios, una asignatura menos. Así de fácil. Y no me vengas con que no te entran, a ver si va a ser que he tenido un hijo tonto. ¡Tonto! ¡Un hijo mío! De eso nada. Tú llevas mi apellido, mi sangre y mi inteligencia. Así que no quiero oír más tonterías. Te metes en tu habitación y en Septiembre demuestras de qué madera estamos hechos en esta familia.

    Así que una vez más Roberto se metió en su habitación sin una salida, sin una respuesta. Sin poder replicar que el pedigrí de una humilde familia de albañiles no basta para dominar las ecuaciones diferenciales, máxime cuando se estudia en una universidad masificada donde entran cien y sólo pueden salir cinco, y además se sufren graves carencias de base por culpa de una reforma educativa diseñada para lavar la cara a las estadísticas a base de aflojar el nivel exigido en lugar de mejorar la calidad de la enseñanza. Sin encontrar siquiera una pequeña grieta en el férreo discurso paterno por la que introducir una idea muy simple: en realidad él nunca había querido ser ingeniero. Pero toda la vida había escuchado la misma cantinela: éste niño muy listo (como su padre), llegará lejos, sacará matrículas de honor, lucirá el apellido familiar bordado sobre una bata blanca por los pasillos de la universidad.

    Delante de él se elevaba un muro infranqueable de cincuenta asignaturas que se le antojaban imposibles y que además sólo le conducirían a un futuro que nunca había deseado; detrás de él, un muro de incomprensión. Avanzar le resultaba imposible y retroceder era decepcionar a todos. Así que justo antes de volverse loco, Roberto optó por escapar volando de su mudo cautiverio. Desempolvó la guitarra que tuvo que enterrar en un armario en primero de carrera, metió algo de ropa en su raída mochila y, sin dejar siquiera una nota de despedida, escapó en el tren nocturno con destino a cualquier parte. Hoy su foto decora las calles de la ciudad. Desaparecido hace ocho meses; se recompensará cualquier información sobre su paradero.

    Un joven anónimo le pone alma a una triste estación de metro arrancando acordes de blues a su vieja guitarra. Alguien se acerca, deja caer un euro sobre la raída mochila que yace en el suelo y dice: qué talento tienes, chaval. Y, por primera vez en años, Roberto sonríe.”

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